El cielo sobre Berlín

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Cassiel, “escuchando” a un mortal.

La ciudad de Berlín, 1987. Habitada por millones de personas que viven vidas grandes, pequeñas, ricas, pobres, felices, tristes, a ambos lados del Muro de la Vergüenza. Ajenas a la presencia entre ellos de los ángeles, que les observan, siempre invisibles (excepto para aquellos con el alma pura, como los niños) e intangibles, sin interferir con los mortales más que para transmitirles esperanza y consuelo cuando está en su poder, “escuchándoles” para saber cuándo es necesario que lo hagan.

Cassiel (Otto Sander) y Damiel (Bruno Ganz) son dos de estos ángeles. A través de sus ojos, contemplamos a lo largo de la película cómo era Alemania (y, en cierto modo, el resto del mundo) durante los últimos años del Muro de Berlín, y vemos también a través de sus ojos cómo es la Humanidad.

Damiel, fascinado por Marion.

Damiel, fascinado por Marion.

Mientras que Damiel no siente por los humanos más que una amable indiferencia, limitándose a cumplir su papel de “ser testigos, reunir y preservar la Realidad”, Cassiel, a lo largo de los años, ha ido desarrollando un profundo aprecio y fascinación por los mortales, hasta el punto que, al conocer a la joven trapecista Marion (Solveig Dommartin) se enamora de ella y empieza a considerar la posibilidad de renunciar a la inmortalidad y convertirse en humano para, en lugar de limitarse a ser testigo, experimentar todo cuanto hasta ahora solamente ha visto desde fuera.

Con este argumento tan poco original, Wim Wenders, Peter Handke, Richard Reitinger y Henri Alekan construyeron una de las, en mi opinión, más hermosas películas de la historia del Cine. Hermosa por su guión, romántico, emotivo, sin ser sensiblero, pero también áspero, en ocasiones amargo. Hermosa por la maravillosa fotografía de Alekan, que nos muestra el mundo visto a través de los ojos de los humanos a todo color, pero con impresionante blanco y negro en tonos sepia desde el punto de vista de los ángeles (el momento en que Damiel se convierte en humano y por primera vez en su existencia ve el mundo en color es una de mis escenas preferidas, con su sorpresa al descubrir que es pelirrojo).

Damiel (Bruno Ganz), viendo la vida en color.

Damiel (Bruno Ganz), viendo la vida en color.

Me resulta difícil ser objetivo con esta película, la vi poco después de su estreno, en el cine Verdi de Barcelona, en versión original subtitulada, sin tener ni puta idea de qué era lo que iba a ver en realidad (me esperaba una típica película de ángeles guiando a la Humanidad a su salvación, ya sabéis, y la razón por la que me metí a verla fue que salían dos de mis actores favoritos, Bruno Ganz y Solveig Dommartin), y lo bien que me lo pasé no se me olvidará nunca. A mí es difícil emocionarme, hacerme sentir empatía por los personajes, “sumergirme” en la historia, pero la pandilla de indeseables que pergeñaron esta trampa para incautos lo consiguió con creces.

Raphaella (Nastassja Kinski), en ¡Tan lejos, tan cerca!

Raphaella (Nastassja Kinski), en ¡Tan lejos, tan cerca!

El Cielo sobre Berlín no es una película autoconclusiva, ya que continúa en In weiter Ferne, so nah! (¡Tan lejos, tan cerca!), hermosa e inolvidable igualmente, en la que siguen las historias de Cassiel (ahora acompañado por la ángel Raphaella, interpretada por la no menos exquisita Nastassja Kinski) y del ahora humano Damiel.

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Título original: Der Himmel über Berlin
Nacionalidad: Alemania / Francia.
Dirigida por Wim Wenders.
Producida por Wim Wenders y Anatole Dauman.
Escrita por Wim Wenders, Peter Handke y RIchard Reitinger.
Fotografía de Henri Alekan.
Con Bruno Ganz, Otto Sander, Solveig Dommartin, Curt Bois y Peter Falk.
Año de producción: 1987.
Duración: 144 minutos.
Género: drama fantástico.